viernes, 17 de octubre de 2014

Un mundo pequeño

Anoche visité a través de mis sueños un reino peligroso. Era una tierra vasta cuyos territorios estaban conectados por ríos. Algunos eran navegables y los poblaban escasas embarcaciones que el duro régimen tenía permitidas circular. Otros ríos eran demasiado torrentosos y seguramente llevaban hasta al más experimentado navegante a su muerte.

La mayor parte de la población se agrupaba tras las paredes de una inmensa ciudad. El estilo de las construcciones era fastuoso, de admirables dimensiones y belleza. Pero a pesar de la majestad del lugar, la gente vivía triste y temerosa de sus gobernantes.

A las afueras de la ciudad, cruzando vastas extensiones de verde despoblado, se encontraban algunos villorrios que a pesar de su aislamiento no lograban escaparse de la sombra de su malévolo regente. Y más allá, tras bosques y juncales, en un lugar secreto, estaban mis amigos prisioneros en una atalaya inexpugnable, custodiada día y noche por guardias siniestros.

Por suerte, logré llevar a algunos en una canoa y seguimos las instrucciones de una hermosa doncella del bosque para evitar las duras corrientes y navegar por aguas quietas que nos llevarían a un nuevo país, más feliz y más libre. Pero terrible fue nuestra sorpresa al darnos cuenta de lo pequeño del mundo cuando por casualidad llegamos nuevamente a esa magnífica ciudad, con sus grandes casas y triste gente.

Entonces desperté.

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