martes, 23 de septiembre de 2014

Sega Master System

Mi primera consola de videojuegos fue un Sega Master System (SMS), nos lo compró mi mamá a mi y a mi hermano cuando le pedimos un NES. Supongo que terminamos con la primera simplemente porque era más barata y aunque hubiera preferido tener mis primeras experiencias con Super Mario Bros. o Mega Man, en aquel instante no me quejé para nada, al menos teníamos algo para enchufarle al televisor. Hoy estoy agradecido, la SMS era fantástica.

Algunos sabrán que aquel aparato gris de 8-bit trae incorporado en su memoria interna un juego llamado Alex Kidd in Miracle World. En el pasado mucha gente pensaba que Alex Kidd era la mascota oficial de Sega hasta que lanzaron Sonic The Hedgehog en 1991 para Genesis. De cualquier forma, Miracle World era un juego de acción de plataformas muy desafiante que contaba las aventuras del príncipe Alex para derrotar a Janken the Great.

No recuerdo cuanta frustración sufrimos cada vez que caíamos en los agujeros de los escenarios, impactábamos con el helicóptero en un techo de pelotas rojas, nos asaltaba algún enemigo furtivo e inesperado o fallábamos en acertar las adivinanzas de los secuaces de Janken. Mil y una formas de morirse. Pero lo terminamos, llegamos a ese castillo rojo donde nos aguardaba el último misterio sobre una placa de piedra. ¡Hasta descubrimos el secreto del pulpo en la primera etapa en un tiempo en que no existía Internet!

Aburridos de este juego de entrada fuimos a una tienda exclusiva de Sega, ubicada en plena Plaza de Maipú al lado del Ekono. Increíble pero cierto, ahora ahí mismo se encuentra un banco o un Servipag, no me he fijado bien. Bueno, fuimos varias veces a ese local a mirar sus nutridas vitrinas y soñar en que algún día tendríamos los $17.000 pesos que pedían por un juego. Eso es mucha plata ahora, imagínense en ese entonces. No había espacio para fallar. ¿Pero cómo no hacerlo sin sitios web que te dijeran cuáles juegos eran buenos y cuáles eran malos? Claro, habían revistas, muchas de ellas españolas o mexicanas, pero tampoco es que pudieras comprarte todos los números. Maldito sea nuestro destino, orientados por el único dato que teníamos invertimos el dinero en la secuela Alex Kidd: High-Tech World.

Nos entretuvimos un rato aprendiendo inglés y descifrando los acertijos que proponía el juego, e intentamos sacarle el máximo provecho a las escasas y cortas escenas de acción que nos recordaban a la primera entrega. Sin embargo, había que reconocer que este juego era de plano mediocre, aún más porque terminaba abruptamente con un final de mierda. Comenzábamos a perder la inocencia en materia de juegos de video. Pero a la vuelta de la esquina nos aguardaría ese tesoro dorado que marcaría definitivamente nuestro camino como videojugadores: Golden Axe Warrior. Por cierto, casi nos cagamos a un cabro chico con el juego, pues se lo cambiamos por el nuestro que era una basura.

El hacha dorada, cómo olvidarla. Nuestro rudimentario inglés alcanzaría niveles académicos traduciendo los discursos de famélicos habitantes de derruidas aldeas, los cuales nos informaban sobre lo terrible que era Death Adder, lo imposible que era derrotarlo, lo macabro que eran los calabozos donde había escondido los poderosos cristales de la tierra de Firewood; nadie había retornado de sus profundidades para contarlo. Pero nosotros fuimos, encontramos pergaminos mágicos, hicimos alianzas, obtuvimos implacables armas y armaduras. Sin saberlo estábamos en presencia de nuestro primer (y afortunadamente no el último) RPG.

Aún recuerdo la cara de culo de mi primo Patricio cuando le dijeron en una visita a nuestra casa: "juega con tus primos" y nosotros le pasamos el control en Golden Axe Warrior. "¿De qué mierda trata todo esto?" habrá pensado, él no lo sabía, pero nosotros sí. Entendíamos algo que él no, se había formado un abismo, habíamos recibido nuestro bautismo gamer, Old School Gamer, Old School -Fucking- Gamer! (nadie me podrá quitar jamás ese derecho). Para entonces ser gamer significaba ser uno de aquellos muchachos que no pretendían nada, que andaban a pie o en bicicleta buscando cambiar cartuchos de juegos con sus vecinos. Que no tenían mucho dinero y el poco que tenían seguramente lo gastaban mal. Niños en una población de Maipú que a veces se juntaban en los arcade locales a meterle fichas a esas máquinas fantásticas que ofrecían juegos que en diversidad y tecnología superaban a los que teníamos en casa. Pero ya hablaré de nuestros arcade de pequeños en otro momento, antes quiero acabar la historia del Master System. Falta poco.

El pendejo ese del Golden Axe Warrior descubrió dónde vivíamos y nos devolvió nuestro cachivache. Hace poco me enteré que Alex Kidd: High-Tech World era un recauchado de Anmitsu Hime, un juego japonés basado en cierto manga. Ahora todo calza, no sé si después de tantos años debería sentirme estafado. En fin. Le vendimos el juego y la consola a "El Bajá", un compañero del colegio cuyo único defecto era tener cara de pirámide, por eso el sobrenombre. Me pregunto si el infeliz tendrá todavía esa consola y si le habrá dado el cuidado que esa vieja amiga debía merecer. Lamentablemente no pudimos jugar otros grandes títulos de la plataforma de los cuales teníamos poca o nula información. Pero sabíamos que estaban allí y que algún día los íbamos a jugar. Y ese día ha llegado.

Recientemente, cuando comencé a descargar juegos para la Virtual Console de la Nintendo Wii, lo primero que hice fue jugar aquellos títulos pendientes de SMS. No, en verdad no, primero jugué The Legend of Zelda, pero ese es otro cuento, porque una vez terminado y aprovechando el tiempo libre que se me daba en dos semanas de vacaciones, me lancé de inmediato con Phantasy Star y Sonic the Edgehog. Aaaah, Phantasy Star, Phantasy Star, cuanto tiempo te espere desde que te vi en una revista y hablaban de ti como la gran maravilla. Y resultaste serlo, qué RPG más impresionante, no parece de 8-bit, al menos no gráficamente. Su ambientación e historia son a la vez épicas y extrañas, presentadas siempre con la ingenuidad de aquellos tiempos en el cuál salió. He disfrutado cada hora y he llegado a amar este juego, amar a Alis, su protagonista, venerada heroína de coloridos pixeles. Necesito hacerme una polera con Alis.

Continuaré jugando lo bueno que quede por jugar: las entregas de Sonic, Wonder Boy y Fantasy Zone. Y lamento que (posiblemente por problemas de licencia) no hayan relanzado Castle of Illusion Starring Mickey Mouse, pero es inexcusable que no estén Golden Axe Warrior, Shinobi o Double Dragon. Sin embargo, me he puesto algo sensible con este tema y los perdono.

Para cerrar, algunos que siguen este blog se sorprenderán que esta entrada no trate sobre juegos de rol, que es el tema acostumbrado. Esto es porque he sentido la necesidad de expandir los límites de lo que aquí escribo para dar cabida a otras cosas que me gustan y de las cuales a veces siento la necesidad de escribir, tales como libros, películas, discos de música o videojuegos. Verán más de aquello en el futuro. Espero no darles la lata.